Se presentó como el nuevo super, el otro día cuando me lo encontré en el hall limpiando. Que a Christopher lo habían echado, me dijo, por perezoso y porque algún vecino lo había delatado con el management por haber roto una ventana, no reparar bien los radiadores y tratar a los inquilinos con malos modales ( ¿me pregunto quién habrá sido el buchón?).
Carlitos se puso más que contento cuando le contesté en castellano y por un momento me dio la impresión de que iba a ponerse a dar brincos y a agarrarme las manos para hacer una ronda al mejor estilo de cualquier personaje de cuento infantil.
Su physique du role es definitivamente el de animador de muñeco de Disney trucho, como los que se ven en la Plaza Mayor de Madrid. Y su entusiasmo conmigo me hizo acordar a la reacción de Winnie-the-Pooh con la miel.
Y yo ese día fui su panal.
Me contó la historia de su familia, que sus hijos están en el college y que se la pasan de fiesta, y que él extraña mucho Guatemala, por más que lleve aquí más de la mitad de su vida. Nos quejamos juntos de los precios de Manhattan y despotricamos otro tanto contra los yanquies, hasta que la conversación derivó en el dueño del edificio y me confesó que él tenia las llaves de su departamento. Que si quería verlo que me lo mostraba, que era muy impresionante.
Le contesté que hoy no, que estaba apurada.
- ¡Qué lástima, amiga! ¡Se va a perder de conocer a los animalitos!
Puse cara de que comprendía perfectamente lo que me estaba diciendo pero insistí con que mejor otro día. Por un momento pensé en pedirle que le mandara mis saludos a Piglet y a Tigger. Pero me acobardé y salí disparada hacia arriba, en silencio, rezando para que el oso loquillo no me alcanzara por las escaleras.

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