Tuesday, 13 September 2011

Aclimatate, nena!





Definitivamente lo que me pasa a mí –por si a alguien todavía le interesa- es que estoy apunada.  En este país me falta el aire y me sobra el stress. Me marea tanta alerta máxima, ya sea por amenaza terrorista o catástrofe natural. Me ahoga la propaganda del miedo constante. 

Cons-tan-te.

Y no hay nadie para rescatarme.

Excepto yo misma.

Entonces agarro mi bolsito nuevo con el logo de The New Yorker (ese que nos mandaron de regalo con la renovación del abono a la revista intelectualoide), el libro que estoy leyendo en estos momentos, y me voy caminando –casi sin darme cuenta hacia dónde se dirigen mis piernas- a Barney Greengrass, buscando una cura para mi déficit de oxígeno.

Algo me dice que detrás de la vidriera de este restaurante legendario del Upper West, más allá de la foto de Leonardo Di Caprio abrazado al dueño y pasando los arenques y los salmones de la heladera del deli, se encuentra el antídoto mágico.

Y lo encuentro enseguida.

Se llama Triple Decker número ocho y tiene la combinación perfecta de pavo, hígado, tomate, ensalada de repollo y russian dressing.

Como verán, el instinto de gorda es lo único que necesito para salvarme…