Monday, 20 February 2012

The Promised Land (or how to say good bye)




Aymric es francés, tiene casi 40  y vive en Manhattan con su esposa y sus dos hijos pequeños. Trabaja para un banco y tiene todos los beneficios del expatrie gabacho: su empresa –además de un buen salario- le paga el alquiler de la casa, la escuela de los niños, el seguro de salud familiar y pasajes de ida y vuelta a Francia dos veces al año.

Hace un tiempo, después de irse de copas con sus amigos un sábado a la noche, Aymric se tomó el metro para volver a casa a las dos de la mañana. Tenía que hacer una combinación a la altura de la estación 14 Street, pero cuando quiso caminar el pasadizo subterráneo que conecta la línea L con la 1 descubrió que estaba cerrado. Entonces Aymric salió a la superficie, camino por la calle hasta la entrada de la línea 1 y cuando quiso pasar su metrocard  se llevó una mala sorpresa: la máquina se la rechazaba porque ya la había utilizado hace menos de quince minutos. En ese momento el tren que Aymric tenía que tomar entraba en la estación y él -sin pensárselo dos veces- saltó el molinete para correr hacia el vagón.

Aymric nunca lo logró: un policía de civil y otro uniformado le saltaron encima y en menos de lo que canta un gallo lo esposaron, acusándolo de haberse colado en el metro. Aymric protestó y trató de explicarles la situación: hasta les rogó que verificaran su metrocard para corroborar su historia. Pero ellos le advirtieron que ese no era su trabajo. Y que se callara porque en esos momentos era un mero criminal. Aymric enloqueció, forcejeó como pudo y los reputeó. Entonces los policías lo acusaron de “desacato a la autoridad” y lo enviaron a una pequeña prisión subterránea de una estación de policía en Centre Street.

Durante las treinta y seis horas que estuvo encerrado en una celda comunitaria, Aymric aprendió a hacerse chiquitito y quedarse en un rincón, sin mezclarse mucho con los drug dealers que le acompañaban. Tuvo que soportar la oscuridad, los vómitos que inundaban el suelo, el pis y la caca putrefacta, y rezar para que nada le  pasara en ese subsuelo sin cámaras ni vigilantes.

Cuando el consulado francés abrió el lunes -y ante las llamadas desesperadas de su esposa- los diplomáticos de su país lograron hacer todo lo necesario para que Aymric pagara sus 7.500 dólares de multa y pudiera volver a casa. Tuvo que guardarse la bronca en el bolsillo y hacerle caso a su abogado que le sugirió que no demandara a los policías neoyorquinos porque estadísticamente estos ganaban el 85 % de los juicios: cuando en este país es tu palabra contra la de un oficial de la ley, significa que vas a perder.

Aymric y su mujer son de esas parejas “padres del colegio” que ves todos los días y que apenas te hablan. Pero  cuando se enteran que te mudas de país en menos de una semana, organizan un aperitivo de despedida para conocerte un poco mejor antes de que te vayas.

Esta es su historia: él me la contó ayer en el living de su casa, mientras tomábamos unas copas de “Tierra Prometida”, un malbec argentino que llevamos para la ocasión…



Saturday, 11 February 2012

El Golpe Manicotti




Me cayó mal desde el principio. Miss V –la nueva teacher de la sala de tres años - no saludaba a los chicos cuando llegaban a la clase ni tampoco parecía muy atenta a lo que éstos hacían cuando las madres iban a buscarlos. Pero no consideré que fuera  motivo suficiente para quejarme durante septiembre ya que apenas habían empezado las clases y además pensé que quizás con el tiempo mejoraría.

Pero no fue así.

Ya había pasado más de un mes y mi lista de madre preocupada iba in crescendo: falta de sonrisa, ausencia de eye contact, rechazo a limpiar narices sucias, obsesión con enseñarles las letras, cero capacidad para motivar  a los chicos, y partida temprana (tres veces por semana, la señorita se retiraba de la escuela dos horas antes que sus propios alumnos ya que todavía estaba cursando sus estudios del profesorado y los gurrumines se quedaban con una mujer de origen indio que apenas hablaba inglés).

A mediados de octubre, exploté y fui a ver a la directora. Para estas alturas, ya había escuchado quejas de otras madres (o sea que delirio mío no era) y además me había enterado que el cuerpo docente (en su gran mayoría, muchachas que todavía no tenían su título para enseñar) cobraba tan solo ocho dólares por hora. Para terminar de espantarme, salió en el New York Times que los dueños del Day Care estaban siendo juzgados por malversación de fondos de una ONG que habían creado y para peor de males a la salida de los tribunales el tipo se habría agarrado a pura patada de Kung Fu con los fotógrafos del diario.

La imbécil de la directora me recibió para el orto, obvio, como era de costumbre, y después de decirme que los primeros meses siempre eran difíciles y que yo estaba manifestando una percepción errónea de lo que pasaba en la clase, me propuso que yo fuera a hacer observación: me dio cita para cuatro días más tarde, a las 10 de la mañana para quedarme veinte minutos durante la circle time.

Y allí fui, y allí pude observar lo desastre que la maestra era con mis propios ojos. En vivo y en directo: una verdadera cagada atómica.

Salí casi llorando (no me fui corriendo con la Pitufa de la mano para sacarla del mugroso Day Care porque ya sabía que no había plazas en ningún otro jardín del barrio) y cuando la tarada de la directora me pregunto que qué tal, le solté todo lo que pensaba: que lo que había visto era muy pobre, que se notaba que no estaba calificada y que era una vergüenza exponer a los chicos a una persona tan lousy. Y que, by the way, quería saber dónde iba el dinero de la cuota si los salarios eran tan bajos, y que no me extrañaría enterarme que el proyecto educativo era solo una excusa para llenar los bolsillos del violento malversador de fondos.

Obvio que no le gustó ni un poquito y me lo dijo directamente a los ojos, ahora sí, con una super sonrisa: “If you don’t like our school, you should leave”.

Me la tuve que comer doblada  y seguir acompañando a mi hija todas las mañanas a este centro infantil de morondanga, planeando con más entusiasmo que nunca la huída definitiva de este país que tanto daño psicológico y económico nos hizo.

Por fin con los pasajes en mano, hace poco pude anunciar oficialmente la retirada para finales de febrero. La hipócrita directora me dijo que nos iban a extrañar, al igual que a Miss V quien acababa de egresar del profesorado y comenzaba un nuevo trabajo en una escuela de Queens.

Ayer fue el último día de clases de Miss V. Fui a comprar canelones frescos a Citarella y luego a recoger a La Pituf, reflexionando sobre lo típicamente “ley de Murphy” que era la situación.

Antes de partir de la clase, alcé a mi hija y le dije que le diera un beso a la planta que tenía por teacher, ya que era su último día ahí. Pero Miss V estaba en la otra punta del aula, creo yo, chateando con su móvil. “Miss V! Miss V!”, gritó La Pitufa, sin que la otra levantara si quiera la vista. La directora entró por la puerta y al ver la escena le pegó un grito a la planta: Miss V se levantó y vino hacia nosotras,  falsamente compungida por la despedida. Abrazando a La Pituf se dejó dar un beso mientras con la otra mano agarró mi bolsa de supermercado, diciendo  “Thank You” desganadamente.

Duró una milésima de segundo, pero pareció infinita. Allí la tenía yo, a la planta-teacher, con mis canelones en su mano, pensando que era un regalo de despedida. Su cara de desconcierto valió ciertamente cada momento de mis sufrimientos. Y casi casi le digo que sí, que los manicotti (como los llaman acá), eran para ella…Pero la aguafiestas de la directora que todavía estaba merodeando por ahí, le aclaró: “No creo que eso sea para vos”.

“She’s right: that’s our dinner”, le dije recuperando mi bolsa, “We just wanted to kiss you good-bye. Guess you’ll just have to order your regular Big Mac tonight. Good luck in your new job”. Me di media vuelta y salí muerta de risa, sin siquiera disimular mi carcajada.

Por la noche, a la hora de la cena, esos canelones estuvieron exquisitos, más ricos que nunca…