Tuesday, 30 November 2010

Parallel Parking

Una cosa que me llamó mucho la atención cuando nos mudamos a este barrio, es que algunos días de la semana a cierta hora de la mañana, todos los autos estacionados de la mano de enfrente se corrían lateralmente hasta formar una doble fila, pegaditos a los autos estacionados de la mano opuesta.



¿Se entiende?

Tardé un buen tiempo en descubrir qué pasaba. Dado que no tengo auto –ya sea por urbana, ecológica o pobre- las normas y reglamentaciones viales de esta ciudad me son totalmente ajenas. Y las primeras semanas que veía cómo sucedía esto desde mi ventana, estaba convencida de que era consecuencia de algún tipo de demencia colectiva.

Pues resulta ser que sí hay una explicación neoyorquina para tan curioso fenómeno. Dos veces por semana, dentro de una determinada franja horaria, pasa el barrendero motorizado para limpiar la calle y los bordes de las veredas. Alternate-side parking se llama el sistema. Y no, no tiene nada que ver con la locura vecinal.



Entonces si sos propietario de un auto y lo estacionaste ahí, tenés que sacarlo durante una hora y media para dejarle el paso libre al vehículo-escobillón. Si estás trabajando y no podés ir a tu casa durante un par de horas para participar en el ocurrente jueguito del Department of Transportation, le pagarás al doorman para que te haga la gauchada. Creo recordar que George Constanza conseguía un laburo así, moviendo coches de un lado al otro en un capítulo de Seinfeld.

Ahora, ¿de dónde saca la idea la gente de que los americanos son súper prácticos?

Monday, 29 November 2010

Lady of the Ring




Hace ya varios días que la gente se preocupa por Jessica Simpson y su compromiso con un ex jugador de fútbol americano recientemente divorciado y económicamente quebrado. La sospecha de la prensa rosa es que Jessica misma pagó por el anillo de rubí y diamantes que aparentemente habría costado cien mil dólares. Y como según la tradición americana el novio debe gastar dos sueldos en el engagement ring, las cuentas no cierran. Mucho menos cuando el candidato está sin trabajo desde hace rato. Lo cual quiere decir que indiscutiblemente alguien hizo trampa a la hora de calcular el porcentaje de los ingresos anuales a desembolsar en el anillito.

El mío también es vintage, como el de la Jessica. Pero de colores nada que ver. Y de valores, tampoco.

Según la costumbre, en Francia el anillo lo compra la familia del novio, en el caso de no ofrecerle a la novia una joya de la familia. De eso nos enteramos J y yo al mismo tiempo, cuando mi suegro puso el grito en el cielo al ver la baratija que yo llevaba en mi anular izquierdo, adquirido románticamente en un mercado de pulgas. “Que no, que no, que no! Pas possible!”, sentenció.  Y nos mandó a la búsqueda de algo más digno de exhibir. Porque en Francia, una vez que lo tenés, debés lucirlo todos los días.

Tardamos un buen tiempo, pero lo encontramos. Lo vimos de casualidad, en la vidriera de una tienda de antigüedades cerca de los Jardines de Luxemburgo. Salió lo que para mí en ese entonces parecía una fortuna, si bien lo que más me atraía era llevar en la mano una alhaja de 1920. Por más que J diga que la fecha fue un engaño, al igual que la autenticidad de las piedras.

Ahora que estoy en New York, el anillo en cuestión me está volviendo loca. Porque como no sé si soy pobre o rica (todo es relativo, según mi adorado marido), me mareo con las situaciones donde debo exponerlo o no.

Que me voy al Day Care a llevarla a La Pitufa: me lo pongo. Seguro que tengo más chances de que las otras madres me quieran, y de que el portero me abra la puerta.

Que viene el del laundry a traerme la ropa limpia y no le quiero dar propina: me lo saco.

Que me toca asistir como voluntaria en el hospital: ¡anillo fuera!

Que vamos a la ópera: ¡al dedo!

Que viene la mucama que piensa que soy pobre: a guardarlo.

Y así, así, así, todos los días. Todo el día. Que me lo pongo, que me lo saco, que ¿y ahora qué hago?

La psicopateada del anillo.

Para que mis queridos lectores sepan un poco más de mí y de cómo me entretengo en la gran ciudad.
  
¡Una joda bárbara!

Friday, 26 November 2010

Early-Bird Shoppers' Day





Hoy también había que levantarse tempranito. Porque resulta que el Black Friday comienza a eso de las 6 am, o inclusive antes. Ellos llaman de esta manera al viernes que viene después del Día de Acción de Gracias, que es cuando empieza oficialmente la temporada del desenfrenado shopping navideño. 

Y en este país donde la gente consume desaforadamente, los negocios compiten con la hora de apertura y las promociones especiales. Doorbusters, le dicen a estas ofertas a las que sólo tienen derecho los primeros subnormales en llegar (esos que no durmieron el jueves e hicieron cola toda la noche a la intemperie) o los ansiositos que compran dentro de la franja horaria inicial (digamos entre las cinco y las ocho de la mañana).

Y entonces sucede lo que sucede. 

Aunque este año parece ser que no hubo muertos, como ocurrió en otras ocasiones, las estampidas no faltaron. Se abren las puertas de la tienda en cuestión y PUM, se atropellan unos a otros. Se pisan los cráneos. Arriesgan la vida misma para comprar un pantaloncete de lycra fucsia  y obtener un descuento del  50% en el segundo artículo de la misma marca, por ejemplo.

¿La gente está totalmente del tomate o qué?

Thursday, 25 November 2010

Thank Heavens




Si hubiésemos actuado como cualquier otro newyorker, hoy nos hubiésemos levantado a las seis de la matina, nos hubiésemos puesto nuestras ropas más abrigadas, y nos hubiésemos dirigido hacia Central Park West – a dos cuadras de casa- con un termo de alguna bebida caliente y una escalera de por lo menos un metro y medio de alto para poder ver como bien se merece el Macy’s Thanksgiving Day Parade.

Es uno de esos acontecimientos anuales imperdibles de esta gran ciudad, un evento que se convirtió en tradición desde que empezó a celebrarse hace ochenta y cuatro años, y que se transmite a nivel nacional para que ningún americano se pierda el globo gigante de Snoopy desfilando entre el del Hombre Araña y el de Shrek.

Con la ingenuidad característica de cualquier newcomer que se aventura a vivir acá, nos levantamos a la hora que se nos dio la gana, desayunamos tranquilamente y salimos de casa a eso de las diez y media de la mañana. Por supuesto cuando llegamos sólo pudimos ver desde muy lejos la carroza de Santa Claus, que de costumbre es la que marca el final del cortejo y el principio de la temporada navideña. Todo esto segundos antes de ser arrasados por la muchedumbre de espectadores que -una vez terminado el espectáculo- decidieron salir corriendo al unísono para volver a sus casas y empezar a preparar la multitudinaria reunión familiar.

Ante la falta de invitaciones para incrustarnos en alguna celebración ajena, yo propuse llamar al delivery de sushi. Pero J prefirió salvar el honor de nuestra familia mínima y se fue al supermercado para intentar rescatar algún pavo. Volvió dos horas más tarde con medio turkey que compró con una desconocida que tampoco quería consumir una pieza entera y ahora busca en internet una receta de último minuto. No vaya a ser que pequemos de malagradecidos, después de todo, ¿quién no daría la vida por estar en nuestro lugar?