Si a Woodstock has de ir, estaría bien saber primero dónde te metes. Algunos datos que te ayudarán a evaluar concienzudamente el destino de tu visita y entonces mejor decidir dónde has de adentrar tu curiosa alma:
1) En la aldea de Woodstock –porque así se denomina, hamlet, dado su diminuto tamaño- no tuvo lugar aquel multitudinario concierto de finales de los sesenta. El Woodstock de Jimi Hendrix y Janis Joplin sucedió en los alrededores de Bethel, a varios kilómetros de allí.
2) Por más que las guías turísticas lo señalen como un nido de nuevos artistas y galerías varias, pocas obras son dignas de llamarse como tal, al igual que los antros donde se exhiben.
3) Hay un buen porcentaje de la populación de edad avanzada y antecedente hipposo que parecen estar estancados en este lugar, deambulando por la calle principal a la espera de un billete de vuelta que los devuelva a donde realmente pertenecen.
4) El viejo demente con pelo revoltoso y pijamas roñosos, que grita intermitentemente mientras barre el polvo de cualquier vereda se llama Pete. No lo mires ni le hables, porque si lo haces tendrás que tolerar su monólogo desquiciante sobre las sales del Himalaya y lo mucho que mejoraron su calidad de vida.
5) Si tienes suerte y coincides en fecha con el Midnight Ramble de Levon Helm, podrás disfrutar de una velada-recital en su establo, un espectáculo que contagia una energía de la hostia (o por lo menos, eso comentan los habitúes de las rambles durante el brunch del domingo en los cafés woodstockianos).
6) El templo tibetano en lo alto de la colina con nombre impronunciable es casi lo único verdaderamente atractivo del lugar. Tu espíritu podrá disfrutar de sus alegres colores y de las plegarias budistas si te dignas a quitarte los zapatos en la puerta.
7) Colony Café: ni vayas (a menos que te sientas a gusto en una madriguera de losers mugrientos octogenarios que se emborrachan para llorar las viejas buenas épocas de porro y sexo libre).


