En mi barrio están por doquier –por lo menos uno por cuadra- y en verano estallan de clientas. Nail Salon es el nombre oficial; Manicure-Pedicure, el que usamos todas. Son locales con grandes vidrieras a la calle donde empleadas asiáticas te reciben detrás de una mesita para hacerte las manos, o a los pies de un sillón masajeador para pintarte las uñas de los toes con el esmalte que hayas escogido a la entrada. Hace unos meses lo que más se llevaba en los pies era el fucsia o el turquesa.
Entonces entrás, agarrás el frasquito del color que más te plazca, y empezás con las manos. A la mitad del proceso, la china de turno te grita “pay now” mientras te señala un cartel donde se lee “tip not included” y vos le pagás y le das la propina en ese momento porque después no vas a poder tocar nada de nada (y obvio que propina de mierda no le podés dar porque si no te pinta para el orto). Luego pasás al sillón-paraíso y elegís el programa de masajes que prefieras, mientras la china number two te hace los pies y trata de convencerte para exfoliarte las plantas y el talón con una especie de cepillo que parece un rallador de queso por el módico precio de cuarenta dólares.
Si tenés mucho tiempo al pedo y los vellos largos, también podés pasar al camarín waxing, donde detrás de una cortina roñosa te depilan de a dos: una con la cera, la otra repasando con la pincita. Es muy importante aclarar qué zonas deseas hacerte –se recomienda acompañar la explicación con mímica- porque estas mujeres lampiñas por naturaleza no se bancan ni medio pelo fuera de lugar y son capaces de arrancarte sin tu autorización todos los vellos que ellas deseen sin preguntarte (aunque después protestes casi llorando al son de “I’ve never done that! I haven’t asked for it!”).
Salís sintiéndote la diva del barrio, habiendo desembolsado una importante cantidad del income ajeno, y en el camino de vuelta pasás por la peluquería y pedís cita para el día siguiente, tal cual lo hace cualquiera que se digne a asumirse como auténtica ama de casa del Upper West.


