Aymric es francés, tiene casi 40 y vive en Manhattan con su esposa y sus dos hijos pequeños. Trabaja para un banco y tiene todos los beneficios del expatrie gabacho: su empresa –además de un buen salario- le paga el alquiler de la casa, la escuela de los niños, el seguro de salud familiar y pasajes de ida y vuelta a Francia dos veces al año.
Hace un tiempo, después de irse de copas con sus amigos un sábado a la noche, Aymric se tomó el metro para volver a casa a las dos de la mañana. Tenía que hacer una combinación a la altura de la estación 14 Street, pero cuando quiso caminar el pasadizo subterráneo que conecta la línea L con la 1 descubrió que estaba cerrado. Entonces Aymric salió a la superficie, camino por la calle hasta la entrada de la línea 1 y cuando quiso pasar su metrocard se llevó una mala sorpresa: la máquina se la rechazaba porque ya la había utilizado hace menos de quince minutos. En ese momento el tren que Aymric tenía que tomar entraba en la estación y él -sin pensárselo dos veces- saltó el molinete para correr hacia el vagón.
Aymric nunca lo logró: un policía de civil y otro uniformado le saltaron encima y en menos de lo que canta un gallo lo esposaron, acusándolo de haberse colado en el metro. Aymric protestó y trató de explicarles la situación: hasta les rogó que verificaran su metrocard para corroborar su historia. Pero ellos le advirtieron que ese no era su trabajo. Y que se callara porque en esos momentos era un mero criminal. Aymric enloqueció, forcejeó como pudo y los reputeó. Entonces los policías lo acusaron de “desacato a la autoridad” y lo enviaron a una pequeña prisión subterránea de una estación de policía en Centre Street.
Durante las treinta y seis horas que estuvo encerrado en una celda comunitaria, Aymric aprendió a hacerse chiquitito y quedarse en un rincón, sin mezclarse mucho con los drug dealers que le acompañaban. Tuvo que soportar la oscuridad, los vómitos que inundaban el suelo, el pis y la caca putrefacta, y rezar para que nada le pasara en ese subsuelo sin cámaras ni vigilantes.
Cuando el consulado francés abrió el lunes -y ante las llamadas desesperadas de su esposa- los diplomáticos de su país lograron hacer todo lo necesario para que Aymric pagara sus 7.500 dólares de multa y pudiera volver a casa. Tuvo que guardarse la bronca en el bolsillo y hacerle caso a su abogado que le sugirió que no demandara a los policías neoyorquinos porque estadísticamente estos ganaban el 85 % de los juicios: cuando en este país es tu palabra contra la de un oficial de la ley, significa que vas a perder.
Aymric y su mujer son de esas parejas “padres del colegio” que ves todos los días y que apenas te hablan. Pero cuando se enteran que te mudas de país en menos de una semana, organizan un aperitivo de despedida para conocerte un poco mejor antes de que te vayas.
Esta es su historia: él me la contó ayer en el living de su casa, mientras tomábamos unas copas de “Tierra Prometida”, un malbec argentino que llevamos para la ocasión…

Todos somos Aymric, todos podemos ser Aymric, qué horror!!! Recordé la peli de Reese Witherspoone en que su marido es musulmán y sólo por eso lo detienen en el aeropuerto al regresar a EEUU. Cuánto miedito, qué solito frente al system!
ReplyDeleteLa policía de mi país da brutales palizas a menores valencianos por manifestarse porque en su instituto les han cortado la calefacción a causa de los recortes. El mundo está enloquecido y el que tiene un poco de sensatez es un delincuente.
ReplyDeleteque horror... por suerte no lo deportaron...
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