Wednesday, 16 March 2011

Drowning my sorrows




Maggie Chan es de origen chino y vive aquí desde pequeña. Ya pasó sus cincuenta y se ha depilado tanto  las cejas que ahora se las tiene que dibujar con un crayón marrón. Se tiñe el pelo con henna y para su cutis graso se aplica un tónico de tomate que le prepara su marido. En la mayoría de sus dedos lleva anillos dorados y tiene su teléfono móvil colgando con una cinta del cuello.

Habla inglés desde siempre, pero lo hace con un fuerte acento mandarín. Se confunde los pronombres he y she, y en vez de decir el número tres dice “árbol”. La noción de tiempo verbal es algo que desconoce: prefiere emplear solamente el presente, marcando la diferencia entre el futuro y el pasado únicamente con adverbios. Para comprender lo que dice, quien la escuche debe hacer un gran esfuerzo auditivo.

A Maggie le encanta hablar de sí misma y de su hija, abogada de un reconocido gabinete neoyorquino, divorciada y con dos hijos. Cuando enciende la computadora lo hace con torpeza y le cuesta encontrar con el mouse las funciones básicas necesarias para navegar por el sistema. Sin embargo, jura que el motor de búsqueda y el sitio web que están en pantalla fueron desarrollados por ella misma.

Tiene un Ph.D en International Education y su trabajo de investigación lo hizo comparando estadísticas entre Japón y su país natal. Gracias a ello ahora puede llamarse a sí misma una experta. “I’m an expert”, cuenta sonriente. También tiene un certificado de counseling y gracias a él accedió a su puesto de consejera laboral.

¿Por qué carajo entonces, esta mujer a cargo del coaching profesional de la biblioteca pública no me ayuda realmente con mis preguntas y decide gastar el tiempo de mi sesión en contarme su insípida vida?

¿Por qué esta señora tiene un trabajo y yo no?

Exijo explicaciones de quien quiera dármelas. Mientras las espero me voy al bar de la esquina a tomarme un whisky y a dejar mi curriculum para un puesto de camarera

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