Cuando llegamos el verano pasado, una de las cosas que más me llamó la atención fue ver cómo mis vecinos de enfrente salían a sus escaleras a charlotear y tomar “la fresca”. Todas las noches. Bajaba uno, después otro, y al ratito eran casi una decena, fumando en el portal. Incluso, había una pareja que bajaba al atardecer, con dos copitas de vino y unos snacks, a charlar en los escalones (imagen que al día de hoy sigo viendo).
Con el tiempo me fui dando cuenta que dicha conducta es parte de la cultura neoyorquina, y además una buena técnica de pesca en esta ciudad tan llena de gente soltera. También aprendí que el término NO LOITERING, que aparece en varios carteles en los exteriores de los edificios, está destinado a las personas ajenas a las viviendas que van a holgazanear en grupo al primer portal que se les aparece.
Que es exactamente lo que sucedió hace unos días cuando una bandita de púberes malcriados se instaló a las dos de la madrugada en la entrada de mi edificio a charlotear a viva voz. Y como nosotros estábamos durmiendo con la ventana abierta, los “dude” y “guys” que salian de la boca de los americanitos tenían el mismo efecto que el timbre de la alarma del despertador que suena un lunes muy temprano por la mañana.
Así que así fui, malhumoradísima, a asomarme medio vestida-medio desnuda, a gritarles un “KEEP QUIET, PLEASE” que sólo el chulito de turno se animó a contestar con un “WHERE ARE YOU FROM?”. Les dije que, please, que tenía una beba durmiendo y que la iban a despertar, a lo cual el chulo volvió a replicar con otro “WHERE ARE YOU FROM?” que hizo reír al resto de los adolescentes.
Yo podría haber ido a buscar unos huevos a la heladera para arrojarlos directamente sobre sus ya roñosos caps de los Yankees. O rescatar de la basura algún pañal de La Pitufa cagado y dejarlo caer cual bomba atómica que salpicara todos y cada uno de sus forúnculos faciales.
Pero no hizo falta. Bastó un simple “THAT’S IT! I’M CALLING THE POLICE!” para que el grupete juvenil se desintegrara al completo sin mascullar ni media palabra.
Adoro este país y su cultura del miedo que por una vez en la vida me vino como anillo al dedo.

Un remate genial. Acá tal vez los huevos hubieran tenido un mejor efecto... aunque quien sabe, con Macri, la política del miedo ha hecho estragos.
ReplyDeleteMe gusta mucho tu blog. Besos a la Pitufa.
Gracias, Flor! Y suerte con Macri!
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