Tuesday, 7 June 2011

The girl who played with fire (and bears)



Las holidays empezaron re-bien, sí, sí, gracias, con la nena vomitando en el taxi de ida al aeropuerto y con una pelea a bordo del avión con tu vecina de asiento porque no quiso intercambiar su lugar con el de tu hubby

Pero bueno, te recompusiste un poco luego de sentar a La Pitufa al lado de la pasajera mala onda, hacerla saltar durante todo el vuelo mientras veía Dora La Exploradora en versión francesa a todo volumen y sin auriculares, y llevándola al baño innumerables veces solamente con el fin de molestar a la reverenda hija de su madre que bloqueaba la salida hacia el pasillo (y que además te condenó a seis horas de custodia materna ya que tu marido se tuvo que ir a sentar a otra fila y no le quedo otra que roncar tan tranquilamente).

Cuando aterrizaron, ya estabas decidida a arruinarle completamente la vida a esta americana cobarde que se excusaba en su claustrofobia aguda. Y entonces te pusiste a charlarle sólo para dejarle saber “accidentalmente” que vos también habías leído ese libro sueco que ella intentó en vano ojear al lado de tu hija quilombera, y relatarle en tres simples frases el final de tan aclamado thriller literario. No sólo el de ese volumen, sino el de toda la trilogía.

“Una situación innecesaria”, te criticó tu marido, “¡Sos mala!”.

Que dicha conducta en tu mente igualaba –vaya a saber uno por qué- a un fresh start para tus propias vacaciones, fue una explicación que él no pudo comprender.

Acto seguido, te llevó en auto a Yosemite, un national park californiano donde los americanos van de camping.

Y parece que vos también.

Cuando llegaste te dieron el numerito de tu carpa y unas guidelines sobre la convivencia con los osos. Que pongas toda la comida en el food locker que está fuera de la carpa. Los productos de higiene personal que tengan olor, también. Desde la pasta de dientes hasta los preservativos aromatizados. To-do. Y que no dejes nada en el auto porque el tal bear puede olfatear una lata de atún cerrada a más de tres kilómetros de distancia, y que si te olvidaste una miguita de pan en el auto, sonaste porque el animal te puede llegar a destrozar toda la carrocería hasta dar con el alimento. Que si te cruzás con uno en el bosque, que no lo molestes, y que si ellos te molestan a vos, que les grites que se vayan. Finalmente agregaba:

If you are attacked, roll into a ball with your face down with your hands over your neck. If the bear persists, experts say to fight back.

Y ahí estas, a las tres de la mañana, congelándote en la bolsa de dormir, cuando escuchás unos ruidos extraños y a una mujer de una carpa cercana chillando “Bear, go away!” agitadamente. Y otra vez: “Go away, bear, go away!”. Entonces te haces chiquitita, tratás de no respirar  y empezás a rezar mientras abrazas a tu hija fuerte-fuerte.

Entre tanto stress, hacés una mental note: al día siguiente habrá que discutir con el hubby exhaustivamente sobre las situaciones necesarias o no.

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