Hoy a la mañana me agarró otra vez, dándome la mano al son de “¿cómo anda, amiga?”. Carlitos -el nuevo super- estaba en el hall, al lado de la puerta del depto del dueño del edificio, la cual estaba entreabierta. Nos pusimos a charlar de este veranito manhattiano y como me pescó un par de veces espiando a través de la apertura, volvió a insistirme con una visita guiada por el palacio ajeno.
Y aunque sí me dio un poquito de miedito terminar siendo violada por la versión humana del osito Pooh, le conteste que sí y entramos…Después de todo, un poco de espíritu aventurero no le hace daño a nadie, ¿no?
Debajo de mi casa, descubrí, se esconde una especie de mansión disimulada. Los mármoles no faltan, y el color dorado abunda. Pertenece, sin duda, a una familia de nuevos ricos (como diría mi abuela), y tiene -por lo menos- trescientos metros cuadrados. Dos salones, cuatro habitaciones, playroom y cocina, patio, jardín y terraza. Detrás de unas paredes que cualquiera diría esconden el típico diminuto studio del Upper West, se encuentra esta joyita que “los señores” usan un par de veces al año cuando vienen a la ciudad. El domicilio permanente se encuentra en Long Island.
Lo más impresionante es que toda la casa está decorada con animales embalsamados.
Reales.
De los verdaderos.
“El hombre es cazador: ¡si vieras la cantidad que tiene en su rancho de Montana!”, exclamó Carlitos mientras me hacia el tour. Un puma en un estante, dos bueyes y cinco antílopes en un muro, un león y tres jabalíes en el otro, una alfombra de un oso blanco y en el centro del living –debajo de un vidrio- un cocodrilo.
Carlitos se acercó a una cabeza de tigre que había al lado de la escalera, lo acarició y lo besó. “A mí me da una pena”, murmuró con suma tristeza. Parecía tan afectado que casi lo abrazo para consolarlo. Pero en vez de eso trate de distraerlo con un “A mi hija le encantaría ver estos animales…”, tirandome un lance sumamente directo.
“Faltaba más, amiga, me avisa y se lo mostramos”, soltó entusiasmado como disfrutando auténticamente de la posibilidad de hacer feliz a una criatura.
Quedamos en ir mañana por la tarde.
Y yo feliz, la verdad, ahorrando los 16 dólares de la entrada del zoo...

A mí los cuernos me dan muy mal rollo...
ReplyDeletepues la mandibula del cocodrilo ni te cuento
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