Una japonesa y dos hermanos gemelos italianos. El ménàge a trois artístico que faltaba en mi vida. Y además como viven en Brooklyn, los Blonde Redhead son ultra cool. La combinación mágica para convocar un público cancherito que se piensa que está viendo al mejor grupo musical del siglo. Y ahí, entre los fanes en transe que revientan la sala Terminal 5, me encuentro yo… ¿Por qué?
Todo comenzó el pasado fin de semana, cuando tu marido te llevó de paseo por Bedford Avenue, al más trendy de todos los barrios neoyorquinos: Williamsburg. O mejor dicho, el lugar de la gente con onda. De las mujeres que se ponen tights amarillas con vestido violeta y sombrero de arpillera, de los chicos con camisa escocesa y barba desprolija, de las familias con bicicleta, de la juventud innovadora que vende remeras hechas con bolsas de basura.
Y respirar tanta libertad estética a veces hace mal. Porque después cuando volvés al Upper West y ves en cada esquina un nail salon en vez de un cafecito retro con jardín kitsch, te querés matar. Y por Amsterdam Avenue te cruzás con todas esas amas de casa clasicotas y te das cuenta que son tu espejo y te agarran unas ganas locas de romper el lease de tu departamentito y mudarte inmediatamente a una usina reformada de Willy.
Al hubby le pasó algo parecido. Y en menos de lo que canta un gallo ahí estaba él, cortándote el pelo para darte un look más moderno, para "ayudarte" a recuperar la onda perdida, y en cuanto termina, va como un desenfrenado cualquiera a su compu y compra on line dos billetes para el recital de los Blonde Redhead.
Una semana más tarde, ahí estás, acompañándo a tu amor a ver a este trío imposible, cruzando los dedos para que este sea el remedio que calme su sed de modernidad. El hecho de que la cantante emita sonidos cetáceos y de que los instrumentos acoplen adrede te indica que hay grandes chances de que un par de horas del espectáculo lo apacigüen por un tiempo. Así que sonreís y hacés como que disfrutás de esta banda no wave, sacudiendo lo que te queda de cabellera.

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