Está bien que hay que ser muy cauteloso, sobre todo cuando uno vive rodeado de pedófilos y serial killers.
Por ejemplo, en estos momentos me encuentro en la biblioteca pública, la que está atrás del Lincoln Center, instaladísima en una mesa super larga que comparto con una veintena de seres y me juego las rebolas que por lo menos UNO tiene un par de cadáveres en el closet de su casa.
Estoy más que segura que el pelado sesentón con gafas de marco invisible y patillas transparentes que tengo enfrente comiendo garrapiñadas a escondidas, degolló a su madre con un cutter oxidado que guardaba desde su infancia en una cajita de black licorice para tal fin.
Y en algún punto está bien que tomen medidas preventivas.
Pero igual, cada vez que la llevo a La Pitufa al parque, el cartel que leo a la entrada me shockea una y otra vez. Es el mismo aviso que colocan en cada playground de la ciudad: los adultos solamente pueden pasar si están acompañados por un menor.
Ahora, que los niños únicamente puedan ingresar con una persona grande que se responsabilice, ESO no lo dice nadie.
Y entonces pasa lo que pasa: una pendeja cualquiera se cuelga ferozmente de la trepadora cual amazona alocada, se cae desde una altura de dos metros, desplomándose resonantemente como una bolsa de patatas, y los únicos que corren a auxiliarla son puros desconocidos.
Una nena de cuatro años con el brazo destrozado llorando desconsoladamente frente a gente extraña que finalmente llamarán al viejo amigo 911 porque ninguno quiere arriesgarse a llevarla a un hospital.
Hermosa imagen, no?

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