El avión despegaba por la noche, así que cuando le pregunté a Padre si quería acompañarme al hospital para volver a hacer la extracción de sangre para el programa de voluntariado, asintió sin reparos. Le pedí perdón por adelantado –¿qué médico de vacaciones quiere pasar su último día en un hospital?-, pero me dijo que conmigo ya estaba acostumbrado. “La última que me hiciste fue una experiencia inolvidablemente hermosa”, agregó con sonrisita irónica.
Se refería a su viaje este último julio, cuando planeaba pasar unos días parisinos con su nieta, y terminó yendo a una clínica en el medio de la nada de la Provence francesa, asistiendo a su hija que estaba internada debido a una infección intestinal.
“Más hermoso fue para mí que me hicieron la colonoscopia!”, le contesté tratando de defenderme de lo indefendible.
Cuando por fin llegamos al servicio de Occupational Medicine, me informaron que sí, que había que repetir el análisis de sangre, el de orina, que me iban a dar la vacuna de la hepatitis B y que también iban a hacerme la prueba de Mantoux. Y que iban un poco atrasados, así que me tomara las cosas con calma porque probablemente tendríamos que esperar en la sala “algunas horas”. Cuando protesté que no tenía toda la mañana para perder, la gorda mala onda que me atendía me entregó chiquicientos formularios y me gritó FILL IN!
Padre me aconsejó que no chistara más, que él a “éstas” las conocía de memoria y que mejor caerles bien porque en realidad son las que tienen todo el poder. Que en el servicio de ginecología de Buenos Aires son iguales. “La misma calaña en todo el mundo, sólo cambian los colores”, completó muy despectivamente.
Nos sentamos y sacó su Blackberry para pelotudear. Abrió un email del Automóvil Club Argentino que lo felicitaba porque lo hacían socio vitalicio y se deprimió instantáneamente. “Estoy viejo…”, masculló. Acto seguido me empezó a mostrar todos sus chiches del celular y sus contactos del chat, con el afán de reencontrar un poco el espíritu juvenil. Me fue leyendo las conversaciones que tuvo con distintas personas, de vez en cuando acotaba un comentario a modo de explicación, y también se rio con otros que prefirió saltear. Entre sus amigos del universo Blackberriano descubrí el nombre de una señora de la farándula argentina.
-¿Esa es quien yo creo que es?
-Sí, es mi paciente.
- ¿Y por que la tenés en el chat?
- Porque a veces nos mandamos mensajitos…
- ¿Qué tipo de mensajitos?
-“Doctor, me pica… ¿qué hago?”
- ¿Y le pica la cachufleta bastante seguido?
- Eso no te lo puedo decir, es privado.
-Ah…
Para cambiar de tema guardó su aparatito mágico, agarró mis cuestionarios y empezó a completarlos. Eran 374 preguntas sobre mi estado de salud físico-mental que él fue leyendo en voz alta y contestando con un marcador. De vez en cuando me consultaba sobre la respuesta.
Cuando terminó al cabo de media hora, me acerqué al mostrador y le entregué todos los papeles a la gorda mala onda. Le pregunté si faltaba mucho pero ni me contestó. Trate de no explotar, pero como generalmente no controlo todo mi ser, se me escapó un gruñido y una mala palabra en francés. La gorda mala onda reaccionó al instante. Dio la vuelta al mostrador, se me paró al lado, me miró directo a los ojos y me señaló un cartel que estaba colgado en la puerta.
IF YOU FIND YOURSELF WITH AN ATTITUDE THAT IS NOT WHAT YOU WANT IT TO BE, YOU CAN CHOOSE A NEW ONE.

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