Si hubiésemos actuado como cualquier otro newyorker, hoy nos hubiésemos levantado a las seis de la matina, nos hubiésemos puesto nuestras ropas más abrigadas, y nos hubiésemos dirigido hacia Central Park West – a dos cuadras de casa- con un termo de alguna bebida caliente y una escalera de por lo menos un metro y medio de alto para poder ver como bien se merece el Macy’s Thanksgiving Day Parade.
Es uno de esos acontecimientos anuales imperdibles de esta gran ciudad, un evento que se convirtió en tradición desde que empezó a celebrarse hace ochenta y cuatro años, y que se transmite a nivel nacional para que ningún americano se pierda el globo gigante de Snoopy desfilando entre el del Hombre Araña y el de Shrek.
Con la ingenuidad característica de cualquier newcomer que se aventura a vivir acá, nos levantamos a la hora que se nos dio la gana, desayunamos tranquilamente y salimos de casa a eso de las diez y media de la mañana. Por supuesto cuando llegamos sólo pudimos ver desde muy lejos la carroza de Santa Claus, que de costumbre es la que marca el final del cortejo y el principio de la temporada navideña. Todo esto segundos antes de ser arrasados por la muchedumbre de espectadores que -una vez terminado el espectáculo- decidieron salir corriendo al unísono para volver a sus casas y empezar a preparar la multitudinaria reunión familiar.
Ante la falta de invitaciones para incrustarnos en alguna celebración ajena, yo propuse llamar al delivery de sushi. Pero J prefirió salvar el honor de nuestra familia mínima y se fue al supermercado para intentar rescatar algún pavo. Volvió dos horas más tarde con medio turkey que compró con una desconocida que tampoco quería consumir una pieza entera y ahora busca en internet una receta de último minuto. No vaya a ser que pequemos de malagradecidos, después de todo, ¿quién no daría la vida por estar en nuestro lugar?

Millions.
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