Hace ya varios días que la gente se preocupa por Jessica Simpson y su compromiso con un ex jugador de fútbol americano recientemente divorciado y económicamente quebrado. La sospecha de la prensa rosa es que Jessica misma pagó por el anillo de rubí y diamantes que aparentemente habría costado cien mil dólares. Y como según la tradición americana el novio debe gastar dos sueldos en el engagement ring, las cuentas no cierran. Mucho menos cuando el candidato está sin trabajo desde hace rato. Lo cual quiere decir que indiscutiblemente alguien hizo trampa a la hora de calcular el porcentaje de los ingresos anuales a desembolsar en el anillito.
El mío también es vintage, como el de la Jessica. Pero de colores nada que ver. Y de valores, tampoco.
Según la costumbre, en Francia el anillo lo compra la familia del novio, en el caso de no ofrecerle a la novia una joya de la familia. De eso nos enteramos J y yo al mismo tiempo, cuando mi suegro puso el grito en el cielo al ver la baratija que yo llevaba en mi anular izquierdo, adquirido románticamente en un mercado de pulgas. “Que no, que no, que no! Pas possible!”, sentenció. Y nos mandó a la búsqueda de algo más digno de exhibir. Porque en Francia, una vez que lo tenés, debés lucirlo todos los días.
Tardamos un buen tiempo, pero lo encontramos. Lo vimos de casualidad, en la vidriera de una tienda de antigüedades cerca de los Jardines de Luxemburgo. Salió lo que para mí en ese entonces parecía una fortuna, si bien lo que más me atraía era llevar en la mano una alhaja de 1920. Por más que J diga que la fecha fue un engaño, al igual que la autenticidad de las piedras.
Ahora que estoy en New York, el anillo en cuestión me está volviendo loca. Porque como no sé si soy pobre o rica (todo es relativo, según mi adorado marido), me mareo con las situaciones donde debo exponerlo o no.
Que me voy al Day Care a llevarla a La Pitufa: me lo pongo. Seguro que tengo más chances de que las otras madres me quieran, y de que el portero me abra la puerta.
Que viene el del laundry a traerme la ropa limpia y no le quiero dar propina: me lo saco.
Que me toca asistir como voluntaria en el hospital: ¡anillo fuera!
Que vamos a la ópera: ¡al dedo!
Que viene la mucama que piensa que soy pobre: a guardarlo.
Y así, así, así, todos los días. Todo el día. Que me lo pongo, que me lo saco, que ¿y ahora qué hago?
La psicopateada del anillo.
Para que mis queridos lectores sepan un poco más de mí y de cómo me entretengo en la gran ciudad.
¡Una joda bárbara!

si podés ir a la ópera y mandar a tu hija a un daycare en nyc, seguro que también le podés dar propina al que te trae la ropa del lavadero, que recibe un sueldo miserable y necesita las propinas, al igual que los mozos, los chicos del delivery, los taxistas y tantos otros trabajadores en nyc. en cuanto a ponerte y sacarte el anillo, me parece innecesario. estoy segura de que a nadie le importa. carolina
ReplyDeleteComo dice la cancion, la tradicion es una maldicion.
ReplyDeleteEmpeña el anillo de pedida y al menos serás menos pobre por un día...
ReplyDeletedicen que el verdadero newyorker deja MINIMO el 20 % de propina, sin dudarlo.
ReplyDeleteguess I'm not one...yet.